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LA INDIGNACIÓN DE SIEMPRE, PERO PEOR – ESCRIBE FERNANDO MOVALLI

La final de la Copa Argentina en el Kempes de nuestra capital provincial se definió de la peor manera que pudiésemos imaginar. Sin pecar de inocentes en creer que por arte de magia los árbitros dejarían de favorecer a sus elefantes, pero apostando a que por una vez y dado la finalísima televisada al mundo, se tendría, por lo menos en esta oportunidad, un poco de decencia y disimulo. Pero no hubo caso y el peso de una camiseta sobre otra torció descaradamente el destino a través de la impunidad de dos impresentables personajes como Ceballos y el linesman Aumente.
No lo merecía Central, un gigante de nuestro interior, por la ilusión robada en un partido que debió ganar si de simple justicia se hubiese tratado. Tampoco un gigante mundial como Boca merecía el cachetazo, porque sin haber sido un participe directo ni mucho menos la consecuencia lo enloda de allí para atrás como a otros clubes también “grandes”. Clubes siempre sospechados de la verdadera legitimidad de varios de sus trofeos de barro que hoy contienen sus vitrinas. Y no lo merecía la inmensa mayoría de gente honesta de un país como el nuestro tan vapuleado y en el cual ni siquiera se puede demostrar credibilidad en actos tan banales como el de sus pujas deportivas.

Foto: web
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La indignación de siempre, especialmente cuando a fútbol se refiere, pero peor…. mucho peor. Porque el hartazgo de seguir comprobando la continuidad histórica del atropello a los derechos de los más humildes parece no tener fin. Superando el límite de lo anterior y del anterior del anterior ya sin sorprendernos a pesar de tratarse solo de fútbol y no de cuestiones más trascendentes para nuestra vida cotidiana.
La indignación de siempre, pero peor. Porque hasta el propio hincha xeneize sintió esa extraña vergüenza que no le permitió festejar, eclipsando incluso su decoroso certamen de primera ganado en muy buena ley solo un puñado de días anteriores. Con un verdadero caballero como Arruabarrena en el banco y un plantel que, de la mano de ese tipazo que es Tevez, no merecían pasar a la historia con esto que no será tan fácil de digerir y mucho menos de olvidar.
La indignación de siempre, pero peor. Porque en estas extremas circunstancias también toma partido esa otra parte de la sociedad no ligada al fútbol ni al deporte en general. Y toma partido porque el bochorno público, cualquiera sea, genera daños colaterales que impactan de lleno en la confianza. Esa confianza tan necesaria que el argentino pide a gritos para forjar los caminos del encuentro, de la paz y de la reconciliación tan anhelada y que hoy brilla por su ausencia.
Y aunque como futboleros pidamos por centésima vez que algún día cambie esta lamentable historia de tanta injusticia deportiva, en nuestro interior profundo bien sabemos que eso no sucederá. Al menos hasta que la corporación arbitral se decida por el manejo honesto que hace tiempo brinda la tecnología, muy a pesar de que con ello tengan que perder ese inescrupuloso poder. Ese poder indignante que sigue favoreciendo a los grandes elefantes en desmedro de los más pequeños y a la vista de todos.

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